Sol santísimo (fragmento VIII).

Foto de un templo de Baalbek. Wikipedia.

“El templo de Helios Augusto era la construcción más imponente de Tarraco y el santuario más notorio de la provincia dedicado al culto imperial. Por debajo de la cuadriga dorada que coronaba el frontón, se podía ver esculpida en el tímpano el águila solar protegiendo con sus alas al genio de Augusto y subiéndolo hasta el Olimpo, donde le daban la bienvenida los otros dioses. En el pórtico, a la sombra de las imponentes columnas de mármol, se encontraban ya los sacerdotes presididos por el flamen, canturreando un himno religioso en voz baja; siguiendo la tradición todos ellos llevaban la cabeza cubierta por un pliegue de la toga.

El primer rayo de sol se filtró entonces por los propileos de acceso al recinto y acarició con su lengua de fuego la puerta de bronce del santuario. Ese era el momento que esperaban los sacerdotes para abrirla con gran solemnidad y descorrer los pesados cortinajes que colgaban detrás. El flamen inició un fervoroso cántico de invocación a Helios, el Sol Invicto, pidiéndole la protección para el césar, el Senado y el pueblo romano. A continuación, se adentró por el oscuro interior de la nave y dio la vuelta por cada uno de los altares que se alzaban ahí, ofreciendo una libación de hidromiel y besando los pies de las estatuas.

En cuanto el flamen hubo terminado la ceremonia, los caballeros siguieron a Constante subiendo por la escalinata y entrando con él en el santuario; les acompañaban otros ciudadanos que también venían a rendir homenaje a los dioses imperiales.

Los ojos de Rodrigo tardaron unos instantes en acostumbrarse a la densa penumbra. Decenas de lámparas colgaban de cintas de seda, con su brillo empañado por la nube de incienso que flotaba en el interior. La sala entera estaba presidida por la impresionante estatua colosal de Helios, hecha de oro macizo y cuya corona radial llegaba a acariciar el artesonado de marfil del techo. Lo acompañaba la imagen de la diosa lunar, Diana, de menor tamaño y labrada en plata. (…) Las estatuas de Augusto y de Livia, que anteriormente habían presidido la sala, se habían retirado discretamente a las hornacinas laterales, haciendo compañía a las de la diosa Roma y la diosa Hispania; todas ellas adornadas con exuberantes coronas florales.

Constante echó diez áureos en un cuenco y a continuación sacudió en el aire un puñado de granos de incienso que depositó sobre un brasero adyacente. Los demás se pusieron de rodillas y escucharon en silencio su oración.

—Oh, Sol Santísimo, guardián del césar augusto y del imperio, te damos las gracias por habernos protegido en todas las campañas y empresas que hemos realizado a tu servicio y por habernos permitido llegar hasta el día de hoy y hasta esta augusta ciudad sanos y salvos. Te rogamos ahora que nos permitas el regreso a nuestros hogares.”

Nocturnalia. Joel Santamaría.

https://www.planetadelibros.com/libro-nocturnalia/321348

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