Fragmento de Dies Irae.

Y por fin llegó la hora de atacar; y a pesar de todos los gritos de los heraldos y de los caballeros gritando «Aragó!» o «Via dins, que són nostres!», ni uno solo de los más de novecientos hombres que componían la vanguardia dio el primer paso. Desde la cuarta fila en la que se encontraba, Jan podía oír a los peones de la primera musitando una apresurada oración y haciendo entrechocar sus lanzas, de lo mucho que les temblaban los brazos. Tras unos momentos de incertidumbre y de confusión, el mismo rey se aproximó cabalgando hacia ellos y se situó enfrente, con gran riesgo de su vida, pues quedaba tan cerca de la puerta de Bab Al-Quful que se ponía al alcance de un tiro de ballesta. Era la primera vez que Jan veía a don Jaime I
cabalgando solo y sin séquito; y por la expresión airada de su cara adivinó que estaba tan enfadado con la cobardía de sus peones que el peligro le daba igual.
—¡Adelante, mis hombres, pensad que vais en nombre de Dios Nuestro Señor!
Y como la vanguardia aún seguía sin moverse, hizo caracolear su montura con un tirón de riendas y volvió a insistir, con el rostro encendido por la cólera y la voz enronquecida:
—¡Hombres de poca fe, rogad a la Virgen que os asista y asaltad la brecha de una vez, que ya son nuestros!
El rey llevaba puesta sobre su yelmo una espléndida corona con zafiros y rubíes y estaba blandiendo su larga espada desnuda; y en aquel mismo instante surgió por encima de las almenas de la ciudad sitiada el primer rayo de sol naciente, que le dio de lado al monarca. Y entonces su corona y su espada refulgieron con tanto brillo que su reflejo bañó a muchos de los peones que estaban en las primeras filas.
—¡Adelante, mis hombres, en el nombre de Dios! —seguía insistiendo el rey— ¿Por qué estáis dudando?
Jan percibió por el rabillo del ojo a varios ballesteros tomando posiciones a los lados, dispuestos a acribillarlos a todos por la espalda si el rey así se lo ordenaba, por traidores y perjuros. Se acordó de Blanca. La única causa por la que él estaba allí era el amor que sentía por ella; pero en vez de invocar su ayuda, imploró la de la Madre Celestial a la que don Jaime acababa de referirse, aunque ya no creyera del todo en ella.

Y recordando la costumbre que tenía de rezarle cuando era mozo y echaba de menos a su madre muerta, un fuerte grito brotó de su garganta:
—¡Sancta Maria, Sancta Maria!
Y entonces, pensando que sería mejor morir de una manera digna, asaltando aquellos muros que hacerlo con un tiro de ballesta por la espalda, se abrió paso entre las filas que le precedían, alzando el escudo y seguido de cerca por todos los suyos; y dejó atrás enseguida a las otras formaciones, poniéndose en la línea de tiro del enemigo. Y no fueron los únicos que así hicieron, pues enseguida muchos de aquellos otros peones que iban a la vanguardia empezaron a gritar también «¡Sancta Maria! ¡Sancta Maria!», y echaron a correr tras sus pasos e incluso les adelantaron, mientras el grito era repetido una y otra vez al unísono por todos ellos; y ese mismo grito se expandía entre las mesnadas de caballeros y los batallones de ballesteros y las otras compañías de peones que había más atrás. Y así, invocando la ayuda de la Madre Celestial, para que les valiera tanto a la hora de su muerte como su madre terrena les había valido en la de su nacimiento, y gritando su nombre en voz bien alta para darse ánimos a sí mismos, el ejército de quince mil almas empezó a avanzar hacia las murallas con paso rápido y decidido.
El hedor de los cuerpos que aún se pudrían en el foso infestaba tanto el aire que Jan se sintió a punto de desfallecer. Ese mismo hedor seguía notándose pasadas las dos primeras brechas abiertas en las murallas, pues también allí se estaban descomponiendo los cuerpos de los caídos en los ataques anteriores. Sobre las torres albarranas que custodiaban la cercana puerta de Bab Al-Quful aún ondeaba la bandera con el sello de Salomón; pero Jan advirtió que a pesar de quedar a menos de medio tiro de ballesta, sus defensores no se tomaban la molestia de dispararles. Cuidando de no perder el equilibrio entre los abundantes cascotes que cubrían el suelo, consiguió alcanzar la brecha abierta en el tercer muro. Desde allí arriba, pudo observar su destino final, el último obstáculo que se interponía entre los sitiadores y la ciudad.

Era un cuarto muro que se había construido juntando las casas de una calle y tapiando sus puertas y ventanas: allí estaba la brecha que se había abierto aquella misma noche y que había despertado a Jan de su sueño. Era tan estrecha que no dejaría pasar más de una docena de peones o de cinco caballeros a la vez; y los defensores lo sabían. Desde el lugar donde se encontraba se podían distinguir los estandartes y los pendones con las enseñas de los sarracenos, y cientos de picas brillando contra el sol resplandeciente de la primera mañana. Jan entendió que el grueso del ejército enemigo estaba allí, aguardándolos en aquella cuarta brecha, que también ellos se lo estaban jugando todo a cara o cruz, y que la batalla sería muy reñida y cruel. Los músicos del ejército cristiano habían quedado tan atrás que ya no alcanzaba a distinguirlos; el temible estruendo de los tambores y las estridentes chirimías que tocaban los moros, en cambio, llegaba con demasiada nitidez hasta sus oídos.
Jan alzó su escudo y lo juntó a los de sus compañeros. Y entonces, justo cuando sus botas pisaban los primeros escombros que habían caído del cuarto muro, estalló un griterío y los peones que le precedían dieron la vuelta y los empujaron tan fuertemente hacia atrás que a punto estuvieron de hacerles perder el equilibrio. Uno de ellos se agarró a sus pies, con la cara cubierta de cal viva; otro, con los dedos humeantes y despellejados por la pez ardiendo, tiró de su escudo; los dos
tenían el lomo atravesado por varias flechas. Y durante breves instantes, Jan y sus hombres se quedaron atrapados entre las decenas de delante que querían huir y los cientos que empujaban desde atrás, preguntándose cuánto tiempo tardarían en recibir la misma medicina que los que les habían precedido.
Y entonces oyó que los peones debían retirarse y dejar paso a la caballería. Sin dejar de juntar aún su escudo con el de Jordi Miró y el de Pere Baixet, y zafándose de los heridos que se agarraban a él, consiguió echarse a un lado. Y lo hizo a tiempo de ver a los cien caballeros que iban a la vanguardia abriéndose paso entre la multitud de peones, atravesando la cortina de cal y de humo que infestaba el aire, atropellando a los cristianos heridos que quedaban por delante y lanzándose como un torrente contra el muro de picas sarracenas.

El choque que se produjo fue brutal. Muchas de las picas se quebraron, y algunos de esos mismos caballeros quedaron ensartados en ellas con sus caballos; otros cayeron rodando por la pendiente de cascotes. El resto giró grupas rápidamente y regresó con el grueso del ejército, situándose tras las compañías de ballesteros. Los peones recompusieron sus filas y, juntando sus escudos, volvieron a subir penosamente por esa misma pendiente. Y cuando se encontraban a pocos pasos de distancia del enemigo, se hizo una pausa similar a la de la batalla de Santa Ponça; un alto en el que los combatientes de los dos ejércitos estrechaban tanto sus escudos y adargas entre sí que parecía como si fueran todos ellos escamas de dos dragones enfrentados, que estuvieran midiendo sus fuerzas antes de lanzarse al combate; y ni uno solo de los peones se atrevía a dar un paso más, ni a adelantar ninguna parte de su cuerpo, por miedo a que se la cortaran o se la atravesaran con las picas.

Mientras tanto, Jan podía imaginarse a los barones y prelados, sentados todos ellos sobre las cómodas sillas de sus monturas, preguntándose por qué diantres aquellas ratas cobardes a las que llamaban peones no se atrevían a avanzar hacia una muerte en masa, hacia un suicidio colectivo. Pero no era ése el pensamiento que más le preocupaba.
Jan sabía que se encontraban en el momento más decisivo de la campaña, aquel en el que se decidiría la suerte de todos los moros y cristianos que había en la isla; si, tal y como había sucedido en los ataques anteriores, los defensores conseguían hacer retroceder al ejército cristiano hasta el foso, habrían ganado tiempo para rellenar la brecha o construir un quinto muro: y en tal caso, los ricos hombres retirarían su apoyo al rey y éste tendría que regresar con toda la hueste hacia Cataluña, y él no volvería a ver a Blanca nunca más.

Y justo en ese instante oyó unos gritos a sus espaldas, y al volverse para ver de dónde procedían, descubrió que sobre las dos robustas torres albarranas que defendían Bab Al-Quful ya no ondeaba el sello de Salomón, sino la señera real con las cuatro franjas; y que había dos sarracenos que gesticulaban en las almenas y caían desde ellas. Y un grupo de músicos —que debían de pertenecer a las tropas provenzales de Olivier de Termes— escogieron aquel momento para empezar a tocar con sus gaitas y timbales una melodía que a Jan le resultó terriblemente familiar, pero que tardó un tiempo en reconocer. Se trataba del Fraire Jacme, el himno de batalla de los condes de Tolosa; el mismo que solía cantarles su madre a él y a sus hermanos pequeños como canción de cuna; el mismo que entonaban los cátaros cuando se arrojaban contra las filas de los cruzados franceses. Embargado por la melodía de la canción, sus pies empezaron a llevar el ritmo y sus labios a tararearlo:

Fraire Jacme, fraire Jacme,
Dormetz vos, dormetz vos?
Soneon les matines, soneon les matines!
Din, don, dan! Din, don, dan!

No era el único al que le sucedía esto, pues entre aquellos soldados había también muchos otros que venían de Tolosa, del Bearn o de Provenza. Alguno de ellos llegó a gritar: «Viva Tolosa, ciutat forta e gloriosa!». Y su grito se confundía con las voces de «Rudde!» y de «Al.lah u akhbar!» que resonaban a una distancia cada vez menor. Los peones de atrás empujaron con mayor fuerza e hicieron aproximarse todavía más a Jan y a los suyos hacia las primeras filas enemigas, arrastrándolos a una muerte casi segura. Ya no había escapatoria posible, pensó Jan tragando saliva.


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