Fragmento de Humanofobia

Lunes, doce de junio del año 2089.

Las Escuelas Piadosas eran un remanso de paz perdido en el bullicioso ajetreo de Barcelona Centro. A partir de los cambios introducidos por la Reforma Educativa del 87 (entre ellos, la separación de sexos y la aplicación de castigos corporales) el silencio en todas las clases era sepulcral y la disciplina poco menos que ejemplar. Eran las once de la mañana e Ismael se encontraba  en la clase de Sociales, impartida por Salomón García. A pesar de que agachara su cabeza temerosamente hacia delante, igual que  sus setenta compañeros, estaba mirando de reojo el patio que se entreveía a través de la ventana abierta, en lugar de dirigir su atención hacia las páginas virtuales del libro de texto. Una brisa de aire fresco  atravesaba el aula de punta a punta y aliviaba el pegajoso bochorno que los ventiladores del techo estaban intentando aminorar en vano. Ismael llevaba toda la mañana pensando en Rebeca.

 ¿Qué había quedado de aquella intimidad con la que habían compartido confidencias, mientras ella le absorbía la mirada con sus grandes ojos color miel? , se preguntó. Recordaba con lacerante agudeza la última ocasión en la que los dos se habían podido ver a solas. Eran las siete de la mañana del ocho de enero del 2087: el primer día de clase tras las vacaciones de Navidad; el primer día lectivo en que se aplicaba la reforma educativa. Ismael había ido a recoger a Rebeca a su portal, como llevaba haciendo desde el curso anterior. Cuando ella salió del ascensor, su aspecto le rompió el corazón. Tenía la cabeza rapada al cero, tal y como estaba prescrito. Así debería llevarlo mientras siguiera soltera; a partir del momento que se casara debería dejárselo crecer, cubriéndolo con una cofia cada vez que saliera de casa. La pobre niña  vestía además un traje de tela áspera y color pardo sujeto con un cordel, siguiendo la interpretación que Azrael había hecho del Antiguo Testamento[1].

Rebeca estaba muerta de vergüenza y con las mejillas sonrojadas y cubiertas de lágrimas.

 —¡No me mires, por favor! —le suplicó, cubriéndose la cabeza con la capucha del vestido, que tan parecida le hacía a un monje medieval.

Ismael deslizó su mano por el estrecho resquicio que se abría entre la áspera tela y el cuero cabelludo de su amiga y lo acarició cariñosamente. Al instante, los dos notaron una corriente eléctrica que fluía entre las yemas de los dedos y las puntas recién cortadas del cabello.

 —Rebe, por mucho que te rapen el pelo sigues siendo tú misma, la niña de siempre —le dijo Ismael. Y al fin, embargado por la emoción del momento, pronunció las palabras mágicas—: Te quiero.

—Isma, hay en ti una luz que te hace resplandecer con fuerza superior a la del resto de chicos de tu edad… la veo desde que te conozco.

Los dos fueron acercando sus rostros hasta tocarse con las frentes. Entonces juntaron las bocas. Sería el primer y último beso de sus vidas. Duró unos segundos, lo suficiente como para dejarles una impresión duradera, igual que si se la hubieran marcado a fuego en sus tiernas mentes.

 —A partir de ahora no podrás acompañarme más… —le dijo ella— Está prohibido. Ya lo sabes.

Ismael asintió con la cabeza.

—No sólo tengo miedo de lo que puedan hacerme a mí —prosiguió—. También lo tengo de lo que le puedan hacer a mi familia.

El chico volvió a asentir.

—Ya me espabilaré, Rebeca —le aseguró en el calor del momento, apretándole las manos con firmeza—. Me espabilaré y me labraré un buen futuro. Te haré mi mujer lo antes  posible.

—Aún pasarán muchos años hasta entonces y me olvidarás. Somos demasiado jóvenes, Isma.

—Te equivocas. No te olvidaré, Rebeca, lo juro.

En ese momento irrumpió en el recibidor Ezequiel, un tío purista de Rebeca que acababa de bajar por las escaleras acompañando a Zacarías. Ezequiel los sorprendió abrazados, se enfureció y los separó a empujones, gritando insultos y amenazas. En lugar de responderle, Ismael salió corriendo a la calle. Ya no volvería a encontrarse a solas con Rebeca. Nunca más.

Sentado en el pupitre de su clase reprimió una lágrima. Sus pensamientos volaron entonces hacia las espantosas imágenes de las detonaciones nucleares que había visto en el media. Las noticias de la tarde anterior habían introducido una sombra de inquietud en sus brillantes planes de futuro con Rebeca. ¿Qué porvenir les podía esperar a ellos dos si al estado judío se le ocurría contestar el estallido nuclear de Tel-Aviv con una respuesta basada en la Ley del Talión? ¿Qué futuro le esperaba a la humanidad si lo de ayer era el principio de una Tercera Guerra Mundial?

El dolor estalló de pronto en sus espaldas. Era insoportable. Cuando soltó el grito, la sombra de Salomón se estaba interponiendo entre él y la claridad que entraba por la ventana. Shit, se había distraído demasiado, pensó mientras se pasaba la diestra por la espalda, recién abrasada por la porra eléctrica del profesor.

—¿Cuáles son las verdades? —le preguntó por segunda vez Salomón García, que era conocido por los alumnos con el apodo de Chusqui.

Ismael estaba tan distraído que la primera vez ni siquiera se había enterado de que le estaba preguntando algo. Soltó un suspiro y centró su atención en las páginas abiertas del libro virtual, que flotaban en el aire y resplandecían como si estuvieran tocadas por la luz de la mañana.

—Estas son las verdades del profeta Azrael —recitó en voz alta—, anteriormente mencionadas en el Antiguo Testamento: uno, la tierra es plana y se encuentra en el centro del Universo; dos, el Universo fue creado por el Todopoderoso en una sola semana hace cinco mil años; tres, el hombre no desciende del mono, ya que fue creado a imagen y semejanza de Dios; cuatro, por ese mismo motivo, la explotación de un hombre por otro hombre es una aberración a los ojos del Señor; cinco, puesto que la mujer desciende de Eva, creada a partir de la costilla de Adán, ésta deberá someterse en todo momento a la voluntad del hombre…

—¿Qué hombre?

—Su padre, su marido o el tutor nombrado por los tribunales —contestó Ismael de corrido, sin detenerse a respirar. 

 El Chusqui compuso una sonrisa de satisfacción y regresó  a su estrado de madera, elevado a más de un metro de altura sobre los pupitres de sus alumnos, similar al púlpito de un templo.

—¿A quién beneficia que la mujer creyente trabaje? —prosiguió, dirigiéndose ya a toda la clase.

—A los burgueses explotadores y sin escrúpulos, a otras mujeres mal llamadas «feministas», que desean hundir a sus compañeras de sexo en el lodo del pecado —contestaron al unísono y en tono monocorde los setenta alumnos.

—¿A quién perjudica que la mujer creyente trabaje?

—A su marido y a sus hijos, a toda su familia. La familia creyente es el pilar fundamental  de la sociedad proletaria, el sostén y la raíz de la comunidad azraelita. Por lo tanto, toda mujer tiene el sagrado deber de dedicarse  enteramente a ella.

 Ahora Ismael repetía su letanía con mayor fuerza y entusiasmo que el resto de sus atemorizados compañeros. Los azotes del Chusqui no eran ni mucho menos el peor castigo  que podían recibir los alumnos distraídos y sospechosos de incredulidad como él. Tan sólo con no demostrar un ferviente entusiasmo en las clases ya arriesgaba mucho, demasiado. Y entonces, justo en ese preciso instante, ocurrió lo que tanto había estado temiendo  durante los últimos dos años. La cámara de la clase emitió un brevísimo destello rojo al tiempo que alguien atronaba desde el altavoz:

«Atención, queridos alumnos, se solicita la presencia del hermano Ismael Mouklis Ndiaye en el despacho de dirección a las doce en punto, después de los ejercicios espirituales del recreo.»

Ismael no había sido hasta entonces el destinatario de aquel tipo de mensajes, así que se sobresaltó al escuchar su nombre; y debió de quedarse pálido y preocupado el resto de la lección, porque muchos de sus compañeros le dirigían de soslayo miradas compasivas. Tal vez tendría suerte y el aviso se debía tan solo a su distracción de unos momentos atrás.

De pronto un alumno llamado Samuel levantó tímidamente la mano y sacó a relucir el otro tema que en aquel mismo momento estaba ocupando la mente de todos, incluyendo la del profesor.

—Señor Salomón, ¿se ha enterado usted de la noticia? ¿De lo que ha pasado ayer por la tarde en Tel- Aviv? ¿Qué opina de ello?

—Sin duda alguna, las bombas atómicas han sido detonadas por los agentes de la Gran Conspiración. La conspiración compuesta por sionistas y enoquianos adoradores del Diablo. Sé que os parecerá contradictorio que los israelitas se tiren bombas atómicas a sí mismos, pero estoy seguro de que esa será la excusa que necesitan para iniciar una nueva y espantosa guerra imperialista.

Ismael apretó los labios y se esforzó por  contenerse. Recordó las opiniones de expertos que había estado escuchando toda la noche por el media y que  apenas se diferenciaban de las sostenidas por su profesor. No era posible que unos musulmanes hubieran hecho estallar las bombas atómicas sobre Tierra Santa, se aseguraba. Esa opción quedaba inmediatamente descartada.  Hasta ahí el mismo Ismael estaba de acuerdo, los de la Agrupación de Repúblicas Árabes  no habían sido los autores de los estallidos nucleares. En lo que ya no coincidía con los expertos era en las calenturientas elucubraciones que solían desplegar a continuación. La mayoría de ellos mencionaban, al igual que acababa de hacer el Chusqui, a la famosa Gran Conspiración. Ahora bien, pensaba Ismael, ni a uno solo de todos aquellos expertos se le pasaba por la cabeza criticar la actuación de los árabes. ¿Cómo se les ocurría a esos locos atacar por tierra, mar y aire el suelo israelí justo un par de horas después del estallido de las bombas? ¿Es que no se daban cuenta de que en el caso de que Israel aún conservara arsenal nuclear le servirían la excusa en bandeja para utilizarlo contra ellos?


[1] Isaías, 3, 17-24: «Rapará el Señor el cráneo de las hijas de Sión (…) y por ceñidor les dejará una soga, por peinado artificioso, calvicie, y por vestido precioso, refajo de saco.»

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